Entrevistas


La angustia es el precio de ser uno mismo

Entrevistó: Camilo Venegas, La Gaceta de Cuba No.4
Julio del 1998

El día que mi abuela cambió sus prendas por un tocadiscos, lo primero que hice fue salir a comprarme todas las canciones de Silvio. Por esa época me acababan de aceptar en la Escuela Nacional de Teatro y la alegría me dio por sentarme solo, frente al aparato, con un vaso lleno del peor de los rones y una mano en la oreja; sirviéndole de espejo a la voz que salía por las bocinas. Muchos años después, debajo de un verano que siempre se anticipa, tuvo lugar esta larga conversación con el trovador. Cuando entré en su estudio, jugaba a las cartas contra él mismo y sin voltearse --todavía pendiente por la suerte del As de Bastos-- me dio unas palmadas en el hombro y me convidó a bajar una breve escalera, para sentarnos en un sitio rodeado por los ojos de Martí y de María Mantilla. Probablemente algunas preguntas son todavía las de aquel adolescente que se encerraba a imitarlo, otras las llevé por escrito y el resto se me ocurrieron esa misma tarde, excepto uno o dos que son del propio Silvio, para hacer más honesto el acto de barajar y repartir los naipes. Aquella tarde, en el camino de regreso, oía un disco de Miles Davis y la voz del autor de “Monólogo” apareció muy cerca de la trompeta del negro muerto, para recalcarme algunas cosas: esencias que propiciaron un nuevo encuentro, otra travesía en medio del mismo verano, ese que siempre se adelanta.

Dentro de cien años lo más probable es que se te recuerde como un trovador, un gran trovador, como lo fueron Aristide Bruant, Violeta Parra o Sindo Garay; sin embargo, la mayoría de las entrevistas que se te hacen no empiezan hablando de música o de arte poética, sino de política. ¿A qué crees que se deba esta constante?

En el exterior de Cuba, creo que se debe precisamente a que vengo de donde vengo. Al parecer quieren saber cómo piensa uno que vive aquí adentro. Tomando en cuenta que la periodicidad de mis visitas, cuando he estado en apogeo de giras, ha sido una vez al año, supongo que se quieren enterar de cómo va esto, o de cómo va uno con respecto a esto. Es curiosidad, por una parte, y a veces también morbo. Hay países en que la prensa juega un papel como de bambalinas, los periódicos compiten, los periodistas se afilan al máximo tratando de sacar algo espectacular. También sucede que en esos países, cuando la prensa opina de nosotros, generalmente es en negativo. Luego llega uno y dice cosas que no son muy habituales. En el fondo, sea por la razón que sea, Cuba sigue siendo un asunto muy interesante.
Aquí, en la isla, generalmente son los periodistas jóvenes los que más interesados parecen en mis opiniones políticas. Algunos me tiran de la lengua a lo descarado, para que diga cosas picantes; otros se van creyendo que efectivamente me he dejado provocar, los dejo. Me da una especie de ternura eso. Revela necesidades. Y te puedo decir que en ocasiones me comporto imprevisiblemente, hasta para mí. Las opiniones políticas no sólo son fruto de la maduración exhaustiva de las ideas, a veces hasta los estados de ánimo influyen en ellas. Para ilustrarlo me remito a aquellos versos de Cardenal que decían algo así como «Claudia, el día que me dejaste escribí el manifiesto contra el gobierno por el que estoy preso».

En “Reino de Todavía” aseguras que «nadie sabe qué cosa es el comunismo y eso puede ser pasto de la censura, (...) de la ventura...» En ese desconocimiento, ¿qué ha primado, la censura o la ventura?

Me refiero a que las aspiraciones del comunismo, aparte de la imagen de las sociedades que lo han intentado, también pueden despertar temor y por ello censura. Algo así como lo que hizo la iglesia con Cristo, que en realidad era un hombre muy violento, por la envergadura del cambio moral y social que proponía. Hay que recordar que expulsó a los mercaderes del templo, dicen que incluso a latigazos. Y aquello de que “si no estás conmigo estás contra mi”, es fuertísimo, sobre todo hoy en que la intolerancia es un pecado peor visto que el incesto. Cristo, si existió, tiene que haber sido una suerte de vagabundo furioso y delirante, con un carisma avasallador, posiblemente un hombre que inspiraba hasta miedo. Por otra parte, la ventura de no saber qué es el comunismo es lo que puede seguir dando ganas de intentarlo. Me refiero a que el fracaso del “socialismo real” puede dar ganas de hacerlo mejor que lo que hayan resultado las diversas experiencias, aunque lo más simple sea el deseo de olvidar el tema. Hoy día hay confusiones y frustraciones bien basadas, pero la opción radical sigue siendo una tentación y a veces el único recurso para los marginados, que son mayoría.

En la nota a “El necio” que aparece en tu disco Silvio, aclaras que «es una canción de marketing, de precios»; y dejas muy claro que el tuyo es «el levantamiento del bloqueo a Cuba y la entrega incondicional del territorio cubano que E.E.U.U. usa como base naval en Guantánamo». Seis años después, al menos el bloqueo parece insostenible, hay incluso optimistas que aseguran que su desaparición es cuestión de tiempo, de muy poco tiempo. ¿Cuáles son para ti los pro y los contra de esta situación?

Para empezar, te aclaro que no soy de los que piensan que si normalizamos las relaciones con Estados Unidos, estamos perdidos. Creo que puede ser una etapa difícil, pero a mí me parece necesaria; en definitiva hay que acabar con esta situación absurda de vecinos que sólo se miran para sacarse los dientes. Es verdad que sería preferible que por nuestros propios medios saliéramos antes del período especial, ya que en mejor situación económica, estaremos en mejores condiciones espirituales para la maraña que puede armar ese contacto. Pero si la normalización se diera antes, habrá que asumirla, tanto nosotros como ellos. A nuestro favor tenemos lo alcanzado, “las conquistas del socialismo”, como se diría en el lenguaje especializado -por cierto que hasta Clinton ha reconocido algunos logros-. A favor está, sobre todo, la calidad humana conseguida gracias a la Revolución, proceso que considero profundamente libertario. No quiero decir que hemos tenido o que tengamos todas las libertades necesarias. En ese sentido falta por andar, aunque en todas partes siempre falta libertad en algún sentido. Y cuando hablo de la calidad del cubano, me refiero también al cubano que emigra. Algunos de ellos usan el argumento político de una falta de libertades, pero no creo que ellos se sientan completamente libres, vivan donde vivan -estoy hablando de personas inteligentes-. Sufren discriminaciones económicas, raciales y de otros tipos; son manejados por estos o por aquellos hilos; salen de lo que consideran una jaula para entrar en otra. Pero sobre todo sufren la mala calidad de las relaciones humanas de otros países, e inevitablemente comparan aquello con Cuba... Y eso que nuestras relaciones humanas no están en su mejor momento. Pero en general confío en lo que ha hecho de nosotros esta experiencia social en que hemos vivido. Eso me parece algo que siempre tendremos a favor.
En contra tenemos algo así como el ocio, olvidarnos del espíritu de hormiga que se ha tratado de sembrar en parajes de cigarras; en contra, en definitiva, creo que tenemos el pasado, lo peor de nosotros mismos queriendo aflorar una y otra vez –no sé si es la bestia, pero hay absurdo y caos–... Y también tenemos en contra a una especie de corriente de abulia, dejadez e irresponsabilidad que parece predominar en las nuevas generaciones de todo el mundo –sobre todo según las personas mayores–: esa especie de desencanto de grandes zonas de los jóvenes, que aquí está matizado por nuestra realidad económica. Parece ser una tendencia que se ha acrecentado gracias a la unipolarización, que tiende a pintar una perspectiva más chata y aburrida del futuro. Es como decir: de ahora en adelante todo será así, y punto. Cuando veo cómo reaccionan algunos jóvenes, a veces me parece escuchar a Rubén Martínez Villena, cuando se preguntaba: “¿Y qué hago yo aquí, donde no hay nada grande que hacer...?”

¿Crees que el desencanto, al menos en esa parte de la juventud cubana, tenga cura?

Si ese desencanto tiene causa, también debe tener cura. Todas las generaciones deben tener su Moncada, y si no lo tuvieran deberían inventarlo. Es probable que algunos incluso lo encuentren en la aventura de la diáspora, por contradictorio que parezca. Otros no, otros son capaces de fajarse con la cotidianidad, como gigantes del silencio, y ahí encuentran la cuota de gloria necesaria para sentirse vivos. Pero creo que no ha habido generación sin traumas. Todas las generaciones tienen zonas marchitas, aún las más vivas. Emprender un proyecto social transformador, ambicioso, con ansias de plenitud, como la Revolución, es justamente un intento de que las oportunidades se generalicen. Pero el devenir puede ser sorprendente. Siempre recuerdo aquello del viejo Roa, que decía que “la imaginación de la realidad suele ponerle rabo a la realidad imaginada”. Pensando en esas cosas hice “Causas y Azares”.

Últimamente se insiste que el viejo exilio de Miami -el de los batistianos y ultraderechistas- agoniza; las nuevas generaciones de emigrantes no guardan tantos rencores ni cicatrices. Si pudieras hacer un concierto en la Florida para muchos de los que te oían y seguían en La Habana, ¿qué dirías antes de empezar a cantar, qué canciones no podrían faltar esa noche?

Lo primero sería saludar, o lo segundo, porque suelo cantar una canción siempre, antes de saludar, para que me salga la voz. Conociéndome, sé que trataría de no pensar demasiado en magnitudes o trascendencias, para que todo fuera como cuando hago un concierto en cualquier parte, ocupándome de escoger un programa equilibrado, de tocar lo mejor posible, de cantar aceptablemente, en fin, de hacer ni más ni menos lo que siempre trato de hacer. No podría ver ese contacto como algo exótico. Para mí, creo que por mi edad y después de haber vivido con tanto compromiso, sería algo muy fuerte, muy verdadero. Date cuenta de que yo no he sido nada veleidoso, que no he andado con ningún tipo de coquetería; por eso mismo pienso, siento, que puede ser intenso, porque seríamos cubanos demostrando que somos capaces de discrepar y encontrarnos en la misma plaza, sin tener que insultarnos o hacernos pedazos. Tengo familiares y amigos muy queridos en la Florida; y tengo antecedentes, en hoteles del mundo, donde he coincidido con cubanos de allá, y guardo algunas cartas que me han pasado por debajo de la puerta. No son cartas donde me dicen que piensan como yo, todo lo contrario, han querido dejar bien claras sus diferencias conceptuales. Pero son mensajes sin odio, mensajes a un comunicador que tiene zonas con las que se identifican, señales humanas de gratitud y de esperanza, sustancias que también me conforman. Sinceramente, me gustaría mucho tener esa oportunidad, atravesar por esa prueba espiritual, y me parece que, pasara lo que pasara, sería positivo.
Por un problema de naturaleza, sin ánimo de desafío, creo que no podría dejar de cantar “El Necio”, como también “Días y flores”, “Rabo de nube” y “Reino de Todavía”.

Durante los últimos diez años, fundamentalmente, la UNEAC -a cuyo Consejo Nacional tú perteneces- ha jugado un papel de indiscutible importancia en la cultura cubana. ¿En qué medida crees que esto ha ayudado a enfrentar prejuicios dentro y fuera de la Isla?

Siempre ha existido una corriente de artistas revolucionarios que han estado contra las cuadraturas, eso ha pasado toda la vida. En la misma UNEAC han estado algunos, y durante años, pero antes era más difícil hacerlo sentir en su justa medida. Yo creo que en esta nueva era tiene muchos méritos Abel Prieto --y espero que no pienses que le estoy guataqueando al ministro o al miembro del buró político--. El caso es que creo que él ha continuado un espacio que en otros tiempos Haydeé Santamaría y Alfredo Guevara inauguraron. A ellos, además de su humanidad tan respetada y de la inteligencia con que trataban asuntos delicados de la cultura, los asistía una trayectoria insurreccional y la cercanía histórica con el Comandante. Abel, a quien no escatimo integridades, tiene la frescura de otra hornada, también coherente con la revolución, pero ha ganado parte de su prestigio entre los intelectuales por conseguir ese espacio, por ser decidido en temas peliagudos como emitir y publicar opiniones que anteriormente no tenían cabida.
Creo que eso ha sido consecuente con los niveles de complejidad que los tiempos cambiantes plantean, pero eso no nos pone al día, porque la UNEAC genera ese intercambio, pero entre pocos. Estoy convencido de que la ausencia de una prensa más polémica ha frenado el auge de una posible cultura de debate, cosa que siempre es beneficiosa, más pensando en los tiempos que al parecer se avecinan. Todos seríamos más diestros, por no decir más inteligentes. Mi experiencia personal, ante la prensa y en diferentes debates internacionales, me ha mostrado lo necesario, lo enriquecedor de la confrontación. Es muy difícil cuando te hablan de un tema que la prensa cubana no ha tocado, porque ahí uno tiene que pasar la vergüenza de decir que se está desayunando.

Al principio de tu carrera estuviste muy vinculado al ICAIC esta institución, fuiste fundador de su Grupo de Experimentación Sonora y realizaste la música de varios documentales y películas de ficción. ¿Te complace el cine cubano actual?

No estoy completamente al día, lo confieso. No asisto a los Festivales, porque hay demasiado ruido y parafernalia, y lo que hago es que poco a poco voy encontrando las películas y viéndolas en mi casa. En general podría decirte que ahora no veo aquel pulso novedoso que hubo en los 60, pero eso tampoco existe en otras artes. De lo que yo he visto, la última película de peso que encontré es Fresa y Chocolate. Me gustó Hello, Hemingway, la vi más de una vez.

¿Qué película cubana puedes ver una y otra vez?

Vampiros en La Habana.

¿Todavía te interesa hacer música para cine?

Siempre, Camilo, siempre me interesará.

¿Qué cineastas han influido en ti como creador?

Disney, Chaplin, Bergman, Pasolini y Tarkovsky. Hay otros, como Kurosawa, Fellini, Buñuel, Forman, Wells, Herzog, incluso Spielberg y algunos más, que me han hecho descubrir cosas, pero creo que quienes más me han marcado son los cinco primeros.

¿Qué música es la que más escuchas ahora? De la música realizada en los noventa, ¿cuál es la que prefieres?

Bueno, mi compañera es flautista. De ahí que en los últimos dos años me he ido convirtiendo en un asiduo de ese repertorio. Pero lo cierto es que la flauta siempre fue uno de mis sonidos preferidos. Escribí bastante para las maderas cuando estaba en el Grupo de Experimentación; llegamos a tener una cuerda casi completa. En general podría decirte que en los últimos años he seguido adentrándome en el repertorio instrumental, que es la música que más he escuchado en toda mi vida. Desde hace aproximadamente una década hay una corriente, sobre todo en Europa, de rescate de la música antigua. Diversas escuelas se disputan autoridad en el perfeccionamiento interpretativo de esos estilos. De ahí que hayan proliferado los encuentros corales en monasterios y abadías, así como el rastreo y ejecución de la música renacentista y barroca. He ido siguiendo todo eso, en la medida de mis posibilidades, y he disfrutado mucho el trabajo de agrupaciones como PAN (Proyect Ars Nova). También hay zonas del New Age que me han tocado, sobre todo la música de orígenes célticos. Cuando comencé a ir a España, hace ya más de veinte años, empecé a prendarme de la dulzura de esa música, andando por Galicia.
De lo realizado en los noventa he escogido cosas salteadas, como perlas. No creo que esta década se caracterice por un movimiento musical excepcional, en cuanto a aportes. El acceso a la nueva música está estancado, y fíjate que no culpo a la música o a los músicos. El estancamiento es afín a las comunicaciones que se aceleran. En la medida en que los monopolios del espectáculo se consolidan, van limitando cada vez más el gusto, buscando lo reiterativo, lo homogéneo que propicie la producción en gran escala. Es una especie de trampa de lo masivo que deja poco espacio para lo revolucionario. Por eso creo que la música de la próxima centuria probablemente ya esté hecha, lo que no la han dejado aflorar. A mí me parece que los agentes que destapen el futuro, quizá hasta sin querer, pueden ser las compañías locales pequeñas, casi fantasmas. O tal vez un grupito de amigos metidos en un cuarto, en un estudio casero, con una distribución artesanal.

Hace poco reconociste que escoger las canciones para un disco, decidir cuáles entran y cuáles se quedan fuera, te cuesta mucho trabajo; sin embargo hay canciones inéditas muy superiores a algunas que ya tuvieron la suerte de atravesar el pórtico. ¿Esto se debe a alguna razón, digamos, dramatúrgica del disco en sí o sencillamente a caprichos?

Eso se debe a un poco de todo lo que mencionas. Pero también a que olvido mis canciones y a que a veces me las encuentro cuando menos lo espero. Por otra parte, ciertas reacciones del público no son lo que parecen, y te lo voy a explicar.
Casi desde que comencé, estoy escuchando frases como «¿por qué ya no cantas las viejas?», «me gustaban más las de antes», y cosas así. Lo cierto es que cuando grabé mi primer disco, en 1975, ya mi flujo de producción había bajado sensiblemente. Pero puedo garantizarte que en absolutamente todos he puesto “canciones de antes”, porque entre 1967 y 1973 compuse cientos de canciones. Claro, también porque el ritmo disquero siempre ha sido más lento que el composicional. Sin embargo seguí escuchando las mismas frases respecto a “las viejas”, y me daba risa, porque parte de las canciones que editaba eran “viejas”. Entonces me dije: ¿Qué querrán, realmente? ¿Las canciones aquellas o al Silvio de entonces? Pero un día también me pregunté si aquella añoranza se refería a mis canciones y a mí, o a ellos mismos. Y creo que cuando menos hay algo de razón en esto, porque alguna gente lo que desea realmente es revivir lo que era cuando escuchó aquellas canciones, cuando escuchó por primera vez a aquel Silvio. Pareciera que hay una especie anhelo de “volver a los 17”, de revivir tiempos de juventud, falta por la que sin querer me culpan –aunque conste que los perdono porque los comprendo–.
Algo que también he observado, es que la calificación de “las viejas buenas” engorda. Equis tiempo después de un estreno, que a veces pasó sin pena ni gloria, resulta que la canción entra en la categoría de “las de antes”. Hace poco, en México, cuando fui a estrenar el trabajo con Rey Guerra, que es una antología entre los 60 y los 80, un agudo columnista decía, comentando que el público gritaba títulos de “las clásicas”: «el año que viene le vamos a pedir las de este año». Por mi parte sólo me queda confesar que espero que así sea.

Háblame más del trabajo con Rey Guerra.

Bueno, Rey y yo somos viejos amigos. Desde hace tiempo nos estábamos amenazando con hacer algo juntos y al fin lo estamos cumpliendo. Yo tenía, y todavía me quedan, canciones que había ido dejando aparentemente olvidadas en el camino. Y una de las razones es que, cuando empecé a componer, afinaba la guitarra en cualquier tono, generalmente más bajo, lo que me permitía remontarme a notas agudas que en la afinación correcta no me es posible dar. También la voz se me ha bajado con el tiempo y el mal uso, y hay canciones antiguas, a las que entonces apenas llegaba, y ahora menos. Para volver a ellas debía transportarlas de tonalidad. Pero la guitarra es un instrumento que por su conformación no suena igual en todos los tonos. No suena igual una cuerda pisada que al aire, cosas de ese tipo. O sea que necesitaba no sólo transportar las canciones sino replanteármelas. Eso no es imposible, lo he hecho con “La era...”, con “Rabo de nube” y con otras, pero es un trabajo para el que no siempre estoy dispuesto. Ahí entró Rey a tirarme un cabo. Y es que Rey, además de un excelente guitarrista, es un gran músico, es compositor, tiene una fuerte imaginación, y resulta que también, para rematar, tiene cierta afinidad estética conmigo. Posiblemente eso se debe a que tenemos una serie de referencias comunes, entre ellas que los dos hemos aprendido de Leo Brouwer.
Lo primero que hice fue grabarle un par de cassettes con temas, para que él escogiera lo que más le interesara trabajar. Como imaginé, las primeras canciones que escogió fueron marcadamente líricas, con armonías más ricas. Pero eso nos llevó a tener que equilibrar el repertorio, la segunda etapa, y ahí fue que empezamos a introducir temas más calientes. Por último, y también por necesidad de equilibrio, hemos tenido que introducir algunos temas que ya estaban grabados, que la gente conociera, para que no se nos durmieran en el teatro. Entre col y col.
Todavía estamos montando cosas, todavía estamos cambiando las primeras que montamos. Sé que esto último nos va a seguir pasando, porque todo es perfectible, pero me siento muy satisfecho porque realmente ha aportado, ha enriquecido todo lo que se ha abordado. Es un trabajo muy divertido y aprendo mucho de él, aunque en ningún momento trata de dárselas de el que más sabe. Esa es la gente que más enseña. O más bien de la que más fácilmente aprendo. Los maestros que quieren apabullar son insoportables.

Volvamos a tus canciones; ¿cuál de ellas ha corrido peor suerte?

Creo que en primer lugar las olvidadas, algunas que no grabé o que se borraron. Esas volvieron a su dimensión natal y quién sabe si andan felices, retozando como monstruos en el anonimato. También hay canciones incapturables, como “Mariposas”. Es que es precisamente eso: una mariposa. ¿Qué sucede cuando tocas una mariposa? Se deshace, se acabaron el vuelo y los colores. Debe ser por eso que no ha querido entrar al estudio de grabación, porque sabe que cada vez que he intentado tocarla la mato. Hay muy pocas versiones en que “Mariposas” ha volado: la primera que hice, en un concierto del Grupo de Experimentación Sonora, en 1971. La había compuesto esa misma tarde y alteré el orden del programa para soltarla. Recuerdo otra, en México, a fines de los setenta, en un concierto de solidaridad con Uruguay. No es la que está editada en ese disco mexicano, fue otro día, y sé que salió y revoloteó porque esta es una mariposa muy inteligente: no se asoma cuando hay grabadoras, es como si tuviera miedo escénico.
Ahora, entre Rey Guerra y yo, estamos haciéndole la corte, estamos tratando de conquistarla, de convencerla. Todo está en que ella esté segura de que no la queremos tocar, sólo soltarla para verla y ser felices.

¿Hay alguna canción que te guste mucho y que estés decidido a no incluirla nunca en un disco?

Eso jamás me ha pasado por la cabeza. Lo que si ha sucedido es que algún amor ha requerido un poco de tiempo, antes de cantarlo, por pudor.

¿Las canciones de Descartes fueron las que menos te gustaron de todas las grabadas para la trilogía de Silvio, Rodríguez y Domínguez?

Menos una nuevecita que grabé, llamada “Rosana” y dedicada a Francisco Repilado, las canciones de Descartes son las que me sobraron de los tres discos anteriores, por razones de dramaturgia, o porque el sonido de tal grabación no lograba empastar con el sonido general del disco. Pero como ya aclaré esto, ahora me tomo la libertad de hacer un trabajo menos homogéneo, desde puntos de vista técnicos. Te voy a decir más: incluso en Descartes he tratado de guardar cierta coherencia. Por ejemplo, hay una canción que quité porque es tan diferente que no puedo conectarla con nada. Se llama “Tartufo” y la hice para la obra de Moliere. Por último te agrego que –según Argelia, mi madre, que suele tener una puntería escalofriante–, Descartes es el mejor disco de la tetralogía familiar.

Hay muchos discos que se quedaron en el camino, el volumen dos de Rabo de nube, otro sobre la pintura cubana para el cual Wilfredo Lam hizo el dibujo de la portada, otro con Juan Formell y los Van Van, dos con Afrocuba, uno con Diákara... ¿A qué se deben tantos naufragios?

A diferentes razones. Al cabo de tantos años puede que no valga la pena retomar la segunda parte de Rabo de Nube. En definitiva a ese disco le puse volumen uno porque se me había quedado un montoncito de canciones grabadas, que no cupieron sobre todo por la sacrosanta dramaturgia. Luego las usé en los trípticos, después de editar Unicornio. Obviamente, al disco Unicornio no podía ponerle Rabo de Nube, volumen dos. El trabajo con Van-Van no se concluyó porque un día prendí la radio y escuché las cuatro canciones que acabábamos de grabar. Incluso las voces mías son las de referencia, para mí no era algo terminado. Luego se fueron de viaje y ahí se quedó todo. Los otros discos que mencionas están pendientes. El único que me falta por componer y grabar es el homenaje a los pintores cubanos; a los demás sólo les queda ponerle la voz y mezclarlos. Supongo que en algún momento encontraré sosiego para eso.

Una vez terminados todos esos proyectos, ¿qué vendrá?

Parece la pregunta de un niño. Te voy a responder igual: dije búho, mijito, dije búho.

He oído decir que el rescate de compositores como Compay Segundo es una trampa de los vendedores de la música, que esa trova ya está muerta; por otra parte, algunos aseguran que el Grammy de Buenavista Social Club es una escaramuza, una cortina de humo para no reconocer la nueva música cubana, la que se baila en las cuatro esquinas del mundo. ¿Qué tú opinas de esto?

Hace unos pocos años vi afirmar en la televisión, por un cantante de una orquesta de salsa, que la música de Leo Brouwer, entre otras, no era cubana. Nada es nuevo en este mundo, y mucho menos eso de creerse LO CUBANO, con mayúsculas y luces de neón intermitentes, o LO POPULAR, LO MEJOR y demás LOES que la vanidad quiera agregar. Pero yo coincido con aquella canción memorable que dice “la trova no ha muerto, no”, aunque también entiendo a los pícaros que al final decían: “no ha muerto, pero la estamos matando”… ¿Qué iluso puede sostener que lo que hace es lo único válido, y mucho más en un país con la riqueza musical de Cuba? Es como ver el arte como una competencia de quítate tú que ahora me toca a mí. Puede haber quien piense que el único éxito justo es el que le toque a él, puesto que tiene la llave sagrada y suprema de la cubanidad. Pero no me quiero meter en teorías sobre la cubanidad. Sólo te diré que el que no vea lo cubano como algo diverso y enriquecible, por mucha clave que toque, no sólo no conoce a Cuba, sino que ni siquiera se conoce a sí mismo.
A mí me parece maravilloso que la vida le haya dado a Compay, y a otros maestros como él, el premio del éxito internacional. Lo que no me parece justo es que haya sido a estas alturas. Y respecto a esas rivalidades de almas enanas, siempre he pensado –y practicado– que hay oxígeno para todos.

¿Qué piensa Silvio Rodríguez de José Luis Cortés?

Bueno, a José Luis lo conozco desde que él era un adolescente, estudiante de la Escuela Nacional de Arte. El Grupo de Experimentación trabajó mucho con jóvenes de la ENA; los llamábamos como sustitutos cuando nos fallaba algún músico. Algunas flautas de nuestras orquestaciones de entonces las puso El Tosco -y le llamo así por afecto, por familiaridad, porque ya entonces le decían de esa manera-. Recuerdo que cuando se iba, entre nosotros nos reíamos diciendo: «¡qué tosco tan raro, si toca como un ángel!» Para mí es uno de los más sólidos músicos de la actualidad; la banda le suena monolítica, no hay dispersión. Cuando improvisa con la flauta es cuando más me atrapa, recuerdo un video de un concierto en Japón que me puso los pelos de punta. Lo hemos invitado a grabar muchas veces, desde siempre, porque además de su vertiente creadora es un gran músico de atril.

¿Si alguna vez se diera la posibilidad, te gustaría hacer un disco con él?

La verdad es que no se me había ocurrido esa idea. Habría que ver si a él le interesa, aunque no debe ser fácil, dados sus compromisos. Por cierto, hace ya bastantes años me llamó a la salida de la Egrem y me haló hasta el estudio en que estaba trabajando, para ponerme una linda versión de “Por quien Merece Amor”. Luego me dijo: «Silvio, esto es para que algunos no hablen tanta cáscara de que no me interesa la canción con letra». Mira, otro detalle que puede ser interesante para los curiosos, es que la flauta de la grabación de Unicornio la puso él.

En su disco Como los peces, Carlos Varela hace dos referencias a tu obra. En una, por ejemplo, pone al obrero que noblemente te sumaba su estatura, a traficar con turistas. ¿Cómo ve Silvio esas apropiaciones, ese trueque de metáforas?

No me parecen mal, cuando está hecho con ingenio. Carlos es adicto a la paráfrasis. Recuerdo que cuando usó parte de la letra de “Lagrimas Negras” le protesté, cariñosamente, por no usar el final de la frase, que es la que revelaba el amor y el perdón: «en vez de maldecirte con justo encono, en mis sueños te colmo de bendiciones». Sobre esta otra apropiación te diría que ese obrero que ahora trafica con turistas, y que según la versión de Carlos es el mismo que me brindaba su estatura, es también aquel pescador del Playa Girón, que robaba comida y después daba la vida. ¿Te acuerdas? Y bueno, afortunadamente no se me ocurrió hacer una diatriba por aquello, sólo significar que los hombres eran los protagonistas de la historia y que precisamente por eso la escribían. En definitiva, que el mismo personaje aparezca en dos tiempos tan distantes, en dos canciones, pudiera tener un valor hasta antropológico. Podríamos concluir en que tanto el obrero actual de Carlitos, como mi remoto pescador, no son perfectos –y vamos a ver quién tira la primera piedra en eso de la perfección–, lo que dudo mucho es que esa similitud demuestre que hayan dejado de ser capaces del sacrificio.

En uno de tus últimos conciertos en La Habana invitaste al canario Pedro Guerra. ¿Te ha sorprendido su obra?

Pedro es un tío con talento, es una de las nuevas voces más importantes de España. Sí, me gustan sus canciones, sus letras, hace mucho que las escucho. Bueno, y que las comparto, porque en los ochenta puse una voz a una canción suya, cuando estaba con el grupo Taller Canario.

Si Silvio no hubiera nacido en el campo; ¿qué se habría perdido de él?

¿Me dejas leerte un fragmento de una cosita que escribí una vez sobre eso?.. Lo pones en la entrevista, si tú quieres o si cabe:
«Los animales y el monte son los únicos que no disimulan. Ellos son como son. El río es hondo y lleno de biajacas, y está encajado entre dos lomas larguísimas que van culebreando durante kilómetros, llenas de pelo verde. La cabellera de la loma es el monte, y yo soy un piojo curioso que no va por los trillos, sino por donde está la maraña en que se arrastra el jubo, donde las lagartijas son gordísimas. Yo voy a donde hay pájaros que no se ven, pero se oyen. Hay uno que dice tirecaratití y otro que dice cocorióco. En ese lugar hay jicoteas montadas en los gajos que rozan la corriente. Si pasa un bote, ellas se zambullen; pero si vengo yo, se quedan y me miran. A veces hasta sacan un buen tramo de cabeza y me hacen señitas, saludándome. A mí no me gusta molestarlas y ellas a mí tampoco.
«Luego me voy al ojo de agua, donde hay una laja blanca y ancha, sumergida una cuarta bajo la superficie, en la que me siento y me deslizo hasta el chorro que viene del fondo. El manantial es potentísimo; desde la orilla se ve, y parece que hubiera un tropelaje de peces, pero uno se para en la laja, casi arriba del borbotón, lo mira y no hay más que un tembleque de aguas transparentes. La primera vez daba miedo meterse, porque estaba aprendiendo a nadar y allí tapa a dos hombres, pero me agarré del bordecito de la piedra y me fui escurriendo hasta que sentí que la fuerza del chorro me aguantaba. Qué cómico, no había que saber nadar: uno se acostaba y era como si en aquel punto el río hubiera perdido su maña de tragagente. Yo no sabía que el río tuviera un ojo, y mucho menos que fuera de esa forma.
«A veces, allí, como una cruz mirando al cielo, soy la pupila del ojo de agua, y allá arriba, en la última lejanía de las alturas, veo pasar auras tiñosas perforando las nubes. Esos pájaros lucen muy bien a esa distancia, pero de cerca tienen una cocorotina de marañón que da repugnancia. Dicen que son útiles, porque se comen la carroña, pero a nadie le gustan porque son feas y de mal agüero. Sin embargo, nada vuela mejor que una tiñosa, como si el aire fuera de ellas. Suben y bajan todo el tiempo y pasan horas sin mover un ala, como bailando en el vacío. Por eso dan ganas de ser aura, aunque la gente luego te repudie.
«Las nubes son otra historia, aunque tampoco ponen al personal de acuerdo. Periquín ve un barco donde el Chentu es un conejo, y allí mismo es donde Mingo ve una mujer escarranchada. Yo, tratando de ver lo que ellos dicen, veo una jaiba en una bandera de piratas. Las nubes son de lo más curiosas. El problema de las nubes es de dónde vienen y hacia dónde van, qué han visto y cuántas cosas se la pasan saboreando. Porque esas aguas que han subido y bajado tantas veces, deben ser las mismas de toda la vida. La nube que se descarga sobre el río de mi pueblo seguro se llenó en el Amazonas, y las goticas que el sol me chupa del ombligo van a llover sobre una pirámide de Egipto. Yo creo que las nubes enseñan tantas formas porque les gusta contar las extrañezas que conocen, pero por más que uno las mire nunca se llega a saber tanto como ellas, tan sólo se lo puede imaginar.
«Flotando abandonado sobre el ojo uno se puede pasar horas, y de mirar mucho a los celajes puede quedarse ciego y llegar a su casa chocando con las cosas, y contestando todo menos lo que la gente te pregunta. Empacharse de cielo en el ojo de agua es peligroso para la paz de la familia...»
…¿Te imaginas qué sería de mi, Camilo, si no hubiera nacido en San Antonio de los Baños?

Nunca en este país -al menos que yo recuerde- se han registrado tanto las canciones de un compositor como las tuyas; la gente las vira al derecho y al revés en busca de entresijos, de verdades o mentiras; cuando encuentran lo que buscan, te hacen responsable de la verdad o de la mentira que ellos querían y recibes un sinnúmero de halagos; de lo contrario, de no hallarse la metáfora deseada, te maldicen y hasta llegan a acusarte de traidor a ti mismo. ¿Eso se ha reflejado en el Silvio compositor, has llegado a autocensurarte para evitar contratiempos con los adivinadores de tu obra?

Hay incluso teorías que afirman que mi lenguaje es producto de la represión política, que yo me inventé un idioma metafórico para decir lo que no me atrevía a las claras. Todo eso es interesantísimo. Se puede aprender mucho de la gente, escuchándola opinar sobre terceros. Ese escrutinio me lo aplican desde el principio, cosa que me llevó a escribir canciones paranoicas como “Nunca he creído que alguien me odia”, “Debo partirme en dos”, “Defensa del trovador”, “Derecho humano” y algunas más. Sufrí mucho eso, creo incluso que a veces se me fue la mano en el dolor. Me costó entender que la agresión podía ser parte de una especie de juego amoroso y me rebelaba, paré en un siquiatra, me monté en un barco y me bajé, estuve bastante caótico. Pero te puedo jurar que yo empecé con una pureza no absoluta pero sí desconcertante; era radical como un arcángel, pero sin Papadiós a mis espaldas. A veces ni siquiera mis amigos me soportaban y acabé volviéndome contra mi mismo. Fue un duro aprendizaje. Pensar que uno es bueno siendo de una manera, creerlo ciegamente, como si fueras íntimo del Espíritu Santo, y luego constatar que otros te ven como un engendro, te hace escribir cosas como «la angustia es el precio de ser uno mismo». Pero nunca he llegado al extremo de escribir para estar al día o para complacer. Siento algo extraño en el estómago ante esa especie de jineteo de la celebridad.

Ahora, cuando tocas fondo; ¿te vales de un batiscafo para salir a flote, o todavía lo haces a pulmón limpio.

Recuerdo que una vez me pidieron una colaboración para El Caimán Barbudo y algo de lo que propuse tenía un tono que podía sacar alguna chispa, entonces alguien me dijo: «Esto tú lo haces porque eres Silvio Rodríguez». De lo que había que inferir que la valentía de un famoso no valía tanto como la de un incógnito. Cuando me pateaban, me botaban y me calumniaban algunos me concedían la gracia de ser un rebelde simpático. Claro, después de la fama y los “millones” quién o qué te toca. No puedes ni siquiera tocar fondo tú, en paz, o más bien en guerra. Algunos no te creen la guerra, o hacen todo lo posible para que no te la crean. Generalmente son gente que no le han tirado un gollejo a un chino y uno, sin querer, les hace el efecto de la soga mentada en casa del ahorcado. Esas cositas pasan, no creas que no me doy cuenta. Siempre me acuerdo de una amiga que tuve, Adita Santamaría, un ser hermosamente difícil, que cuando en 1973 canté El Mayor en la plaza de San Juan de Dios, con Fidel ahí sentado, me decía que ahora tenía que aflojar, que a partir del reconocimiento tenía otra responsabilidad. En cierto sentido tenía razón, pero ni ella ni yo sabíamos hasta dónde eso podía ser complicado. Me acuerdo cómo me fajaba con ella –que ya se nos murió–, que era una gran iconoclasta, pero que trataba de protegerme. Yo me reía y le decía: «Adita, ¿así que haz lo que yo digo y no lo que yo hago?»
La mala leche de los que sólo saben destilar veneno, y que suelen morir envenenados de sí mismos, me recuerda aquella canción que dice: «Me matan si no trabajo/y si trabajo me matan.»

Silvio, ¿es verdad que tú eres millonario?

No, pero me gustaría. Y ¿sabes una de las cosas que haría con mis millones? Comprar toda la buena pintura cubana y en general las obras de arte que se llevan de Cuba. También compraría una mansión y haría un Museo de Rescate. Creo que las generaciones venideras me lo iban a agradecer, pero si no lo haría igualmente.
Recuerdo que hace unos años, a principios de los noventa, se rumoró que había comprado la Egrem por cuatro millones de dólares. Creo que eso fue cuando comenzamos a trabajar para construir los estudios Abdala. Hace menos de un mes, delante de mi hermana, dos personas decían que yo le había vendido Abdala a Cimex por tres millones. Si todo eso fuera cierto no creo que habría hecho un buen negocio. Que carezco de talento como comerciante es la única verdad que hay detrás de esos comentarios, y en eso salí a mi padre, que según mi madre botaba el dinero.
Gracias a ese tipo de cotilleo he tenido algunas buenas y también muy malas experiencias. Las buenas es llegar de pronto a un lugar y que te traten como a Gregory Peck en El hombre del millón de dólares. Esta es una película en que dos banqueros hacen una apuesta y le entregan a un pordiosero un cheque por un millón. Luego aquel hombre llega a todas partes y la gente no lo deja pagar y le dan todo tipo de atenciones, a crédito del prestigio que le da el cheque. La parte lúgubre es tener una amistad, o a equis persona que habías creído una amistad, que de pronto te mira y le ves en los ojos un signo de dólar, e inmediatamente empieza a tratarte como si fueras su mina de oro que alguna vez le robaste. No te recomiendo esa experiencia.

¿Se puede considerar “Casiopea” un autorretrato?

Esa es la canción de un exiliado, de alguien que no puede regresar por sí mismo a su lugar de origen, alguien que espera una señal de los suyos. Para admitir que es un autorretrato tendría que preguntarme si me siento exiliado de algo. Pudiera responder, sólo por poner un ejemplo, que de la infancia. Pero, en ese caso, todos estaríamos condenados a cierta dosis de exilio. Entonces cabría responderte que más bien es un intento de retrato.

Hubo una o dos generaciones que recibimos una influencia tuya muy directa, desde lo más sustancial hasta lo más frívolo de nuestras actitudes. Si hubieras podido inculcarnos una virtud y un defecto tuyo para que los mantuviéramos hasta las últimas consecuencias, ¿cuáles hubieran sido?

Cada vez que noto que me están mirando, me dan escalofríos, imagínate cuando me dicen que soy ejemplo de algo o que dé un consejo. Es muy incómodo todo eso. Uno sabe que tiene defectos, como decía aquella canción de Noel, “Detrás de esta guitarra”. Sólo por complacerte, voy a mencionar algo que creo una virtud: ser móvil, como el universo. Y el defecto en el que valdría la pena insistir, puede ser enamorarse.

Imitemos a Bertolt Brecht y hagamos aquí un círculo de tiza para volver al principio, es decir, a la política. Apenas faltan unos meses para que empiece el nuevo milenio y Cuba entrará en él en un momento decisivo de su historia. ¿Cómo quiere Silvio que sea su país en esa nueva marcación del tiempo?

Sin bloqueo, y mejor que lo que es. Cuando uno piensa en su país, en lo que piensa es en sus personas, en el pueblo, en toda la gente, más que en el paisaje. Me gustaría que fuéramos mejores en el sentido de que todo el mundo tuviera oportunidades, se sintiera orgulloso y se quedara aquí a trabajar por esto. Para eso haría falta mejorar la perspectiva de lo que puede conseguir cada cual con su trabajo. Ver que si uno se esfuerza y labora honradamente, no sé, puede aspirar a vivir siempre un poquito mejor. Eso estimula los deseos de luchar y esforzarse. También me gustaría que el egoísmo no se desbocara, que hubiera una fórmula contra eso, que se despertara aún más el sentido de la solidaridad. Espero que cuando vayamos a entrar al 3000 no tenga que responderte lo mismo, pero más alto.

Supongamos que encuentras a la lámpara de Aladino y puedes pedirle tres deseos; solo que el Genio, en su estrecho encierro, se ha leído a Borges y desde entonces gusta también de jugar con el tiempo: el primer deseo será para el Silvio niño, el segundo para el de veinte años y el último para el que eres ahora mismo.

«Eso es una bicoca», como diría Meñique. El niño pide ser el de veinte, el de veinte pide ser un sueño y el sueño pide ser el niño.

Una última pregunta: cuando seas un señor muy viejo, sin unas alas enormes y sin fuerzas para hacer una canción y cantarla, ¿a qué te dedicarás?

No lo sé, pero si me tocara una vejez apacible, lo más probable es que la muerte me encontrara leyendo, tocando la guitarra en un rincón, haciéndome preguntas, sacándole la lengua.