Entrevistas


Rodríguez

Entrevistó: Valentín Ladrero, Fonomusic, España.
1994

Rodríguez. Nuevo disco de Silvio Rodríguez. Como avance promocional editamos un CDS que contiene Desnuda y con sombrilla y Canción de Navidad.

¿Qué ha hecho usted desde el anterior disco, Silvio, editado hace un año aproximadamente?

En realidad editado hace dos. Rodríguez debió salir hace ya un año. La causa de que no fuera así son las limitaciones de estudios que tenemos. Hasta hace muy poco Egrem tenía uno sólo, ahora reconstruyó otro, cosa que va a posibilitar que se incremente la producción. Espero que dentro de un año, cuando deberá aparecer mi próximo disco, pueda haber un tercer estudio en La Habana: es un proyecto al que yo estoy aportando la técnica y el instrumental y el Estado cubano, la parte constructiva.

Para contestar completamente tu pregunta, resumo: he estado inmerso en problemas logísticos, velando porque la construcción de los estudios avance. Grabamos, Aute y yo, el Mano a Mano. En Argentina hice un ciclo de conciertos por el interior y otro en la capital, donde estuvimos compartiendo con Cesar Isella, Los Trovadores, Fito Páez, Víctor Heredia, León Gieco, Lito Vitale, Anabell López, Marcial Alejandro, hermanos que siempre están. Buena parte de mi tiempo lo he dedicado a localizar y organizar mi obra, que estaba bastante dispersa. He colaborado con algunos proyectos de cine y televisión. También he logrado escribir un puñadito de canciones, algunas de ellas están en este disco. Entre todo esto alguna vez he encontrado espacio para meterme a terminar Rodríguez.

Hay dos cosas que no tienen que ver directamente con las canciones de este nuevo álbum que me gustaría me explicara: la primera el concepto gráfico es muy similar al anterior disco y la segunda el titularlo simplemente Rodríguez, cuando el otro era Silvio. ¿Busca la continuidad formal?

Por supuesto. La trilogía, Silvio, Rodríguez y Domínguez la concibo como un todo: música de trovador, que es lo que soy, música trovada. Al partir de un mismo diseño sonoro, por analogía apareció un mismo diseño gráfico. En esto me ayudaron las muy buenas fotos de Roberto Coggiola, que el año pasado tuvo el gesto de venir desde Ventimiglia hasta Zaragoza para hacer la foto de Rodríguez. Espero que el año próximo se atreva a darse un brinquito hasta Cuba, para que me retrate con mi mamá, ya que con ella pienso grabar un par de temas para el Domínguez.

El anterior disco fue muy bien acogido en España por crítica y público. ¿Qué espera de Rodríguez que no haya recogido del disco anterior?

Creo que me bastaría si llegara a gustar como el anterior. Hay quienes dicen que es mejor, pero son gente que anda cerca y no los escucho. Lo cierto es que le pongo todo lo que tengo a cuanto hago. El hecho de tenerme que distanciar demasiado a veces, porque a los estudios tienen que entrar otros músicos, me tortura: pasan seis meses y ya lo oigo todo distinto. Entonces quiero empezar de nuevo, pero la mecánica de la vida no me permite recomenzar cada seis meses. Hay que estar decidido a dar el paso de exponerlo en algún momento. Y siempre me queda la certidumbre de que pudo ser mucho mejor.

Rodríguez es un disco intenso y bello, tan desnudo que vuelve a dar escalofríos, es usted en estado puro. ¿Así es cómo necesita ahora comunicarse con el público tras sus proyectos con Irakere, Afrocuba y Diákara?

Tengo deseos de seguir haciendo grabaciones a guitarra, cosa que no excluye una sorpresa de vez en cuando, porque es bueno salir a coger fresco. Después de todo, este ciclo de nombre y apellidos es el fresco que estoy tomando tras una buena sesión de decibeles.

Este disco está dedicado a su padre Dagoberto Rodríguez que falleció recientemente. ¿Quiere hablarnos de él?

Mi padre fue un hombre del pueblo cubano. A los siete años estaba doblado sobre un surco, como obrero agrícola; a los veinte, durante la segunda guerra, se hizo tallador de diamantes. Fue tapicero, carpintero, ebanista, pero sobre todo fue pensador y lector. Una tertulia con él era la de no acabar. Él me creó la adicción a la lectura, justo cuando yo tenía la edad en que él arañaba la tierra para sacarle frutos. A principios de la Revolución tenía un tallercito de tapicería que donó al estado, antes que comenzaran las expropiaciones. Me dijo: en Cuba ha pasado lo que yo siempre quise que pasara. Se metió a miliciano y se dedicó a alfabetizar a las prostitutas, cosa que se hizo para que pudieran emplearse en trabajos que dignificaran a la mujer. Gracias a él tuve el valor de aparecerme en una revista con mis dibujos bajo el brazo, y gracias a aquello comencé a seguir el hilo vocacional que me llevó hasta una guitarra. El viejo Dago murió con el mismo segundo grado de primaria que siempre tuvo, con el que incluso escribió algunas obras teatrales en forma de sainete costumbrista. Hablar de mi padre es demasiado. Espero que este trabajo le resulte digno.

Dice tener poco tiempo para componer canciones, sin embargo, el resultado es que sigue creando pequeñas obras de arte. ¿Es el tiempo lo que importa?

Sí, es el tiempo, cuando menos en dos de sus dimensiones: el que no tengo y el recorrido. Siempre que digo haber escrito demasiadas canciones hay una vocecilla que me dice: “Pero tú sabes bien que no todas las que te hacen falta”. Y también eso es cierto. Siempre queda alguna zona por exprimir. No sé si así será porque no soy cronopio, como diría mi amigo Julio Cortázar. ¿Recuerdas que los cronopios apretaban los tubos de pasta dental ordenadamente, doblándolos sobre sí mismos como una alfombrita? Pues bien: por eso nunca me sentí cronopio, a pesar de ser tan poéticos. Desconfío de tanta disciplina.

Nicolás Guillén escribía “mi patria es dulce por fuera y muy amarga por dentro”. Usted habla, casi obsesivamente, de la Patria. En España hablar de Patria es un discurso muy conservador. ¿Qué es la patria para un ciudadano del mundo como usted?

Cuando Nicolás dijo eso tenía razones para hacerlo. Tiempo después escribió poemas como No me dan pena los burgueses vencidos, o su siempre memorable Tengo. La Patria de Guillén, la mía, ha sido una Patria codiciada y por ello pretendida, amenazada. No ha sido una Patria de la que hayamos podido gozar a plenitud, con despreocupación, en la que la mirada puesta en el futuro se nos pierde apacible, prometedoramente. Siempre ha sido una Patria que ha reclamado desvelo y defensa. Lo más cerca de una Patria lograda que hemos tenido, según mi interpretación de la tesis martiana, nos la puso en las manos, para seguirla defendiendo, la Revolución. Sí, esta Revolución imperfecta que todavía, y gracias a una de sus mejores virtudes, sigue invocando la Patria nuestra, la de los cubanos universales, porque no solo hay quienes la olvidan, sino aquellos que la recuerdan y prefiguran como la Patria de otros.

Nuestra historia habla por sí sola. La España más entrañable guarda cicatrices del 98, cuando no se le dio la oportunidad de crecerse reconociendo el derecho de los cubanos a tener Patria. Ese derecho a ser más grande se lo arrebató a España la codicia de ciertos vecinos nuestros, al mismo tiempo que a los cubanos nos escamoteaba el derecho a proclamarnos libres por nuestro propio esfuerzo. Son los mismos que cien años después aún nos cercan, no vacilan en matarnos de hambre con tal de que nos humillemos, y en ocasiones logran todavía separarnos.

Tenemos que seguir hablando de Patria porque no nos la dejan ser naturalmente.

Usted ha colaborado en infinidad de ocasiones en la ayuda al Tercer Mundo. Ahora en España hay un importante debate en la calle sobre la ayuda económica que nuestro país debería aportar al Tercer Mundo, concretamente el 0.7 del Producto Interno Bruto. ¿La miseria en el Tercer Mundo es sólo una cuestión económica?

La miseria en el Tercer Mundo es una cuestión económica que tiene raíces históricas. La práctica sostenida de una forma de historia acaba por penetrar en el tuétano de los pueblos y crea hábitos, costumbres, o sea cultura.

Pero en este caso me estoy refiriendo a una historia colonial, expoliadora, humillante, a una cultura de la pobreza. Somos raquíticos, tenemos caries en los dientes y en muchos lugares no somos lo que se suele llamar “civilizado”, según la “cultura occidental” –que, por su parte, es lo bastante hipócrita e inhumana como para provocar verdadera repulsión--. Si lo que está en debate es que España dedique un 0’7 por ciento de ayuda a Latinoamérica, habría que empezar por reconocer que el nivel de vida actual de España, además de ser resultado del trabajo de los españoles –que no pongo en duda en lo más mínimo--, por un proceso de acumulación es también resultado de la historia colonial de España. Esto puede ser duro de entender incluso para quienes no tengan el más mínimo sentimiento colonialista, pues dirán: “¿Y qué tenemos que ver yo y mi familia, que trabajamos y nos esforzamos por progresar honradamente, con lo que hicieron los de antes?” Un fuerte argumento para el que vive la realidad de impuestos y adaptaciones que exige la comunidad europea.

Para ir más allá de las dificultades cotidianas, para ser más hondo, hay que ver y latir con un sentido histórico, o sea, con un sentido más profundamente humano. En aras de eso, quizá el enfoque no debiera ser el de restregarle a las nuevas generaciones las culpas de otras. Los Estados debieran ser capaces de educar a sus ciudadanos en un sentido más positivo que el egoísmo, de forma que la Tierra, este planeta nuestro, debiera ser vista como un resultado y por ello comprenderse como responsabilidad de todos –que a nuestra vez creamos resultados que tendrán que asumir nuestros hijos y nietos–. Las nuevas generaciones deberían educarse en ese sentido; entonces serían menos comunes y traumáticos los debates acerca de si se ayuda o no al que tiene menos. La prensa, de estar preparada, podría jugar un papel muy importante en eso.

Pero resulta que la versión que prolifera y se extiende es la de que la historia ha terminado, cosa absurda porque todos vemos que continúa, que la seguimos haciendo con nuestros actos. Desde semejante sofisma difícilmente se puede comprender la justicia de esta idea solidaria, humana, terrícola, y el altruismo que representa. Por todo esto les deseo aún más suerte a quienes se esfuerzan por lograrla, porque la creo justa.

De pequeño escuchaba a su madre cantar boleros, danzones y sones mientras cocía yuca. Pero en su obra rara vez aparecen referencias de la música tradicional cubana como Miguel Matamoros o Benny Moré. ¿Tiene alguna explicación?

Esta cuestión una vez la planteó una muchacha peruana en un concierto. Ese instante salió en el documental Que levante la mano la guitarra, de Víctor Casaus. Cada vez que veía la película me molestaba la explosión aprobatoria que tenía el público cuando yo daba mi respuesta, porque me parecía que la muchacha se quedaba en las mismas. Yo decía algo así como: “lo que hacemos es precisamente eso, hacer música cubana”. Me doy cuenta de que los que no son cubanos tienen un esquema sonoro de “lo cubano” que no se corresponde con lo que asume nuestra sensibilidad en devenir.

Cuando mi generación apareció había una especie de saturación de lo característico musical cubano. Hacía falta amplitud, que la gente nueva se sintiera cubana no sólo con las canciones y sonoridades tradicionales sino con lo que eran capaces de generar ellos mismos. Un sentimiento de identidad generacional que era animado tanto por la necesidad de una ruptura como de continuidad. Las voces de ese sentimiento fuimos nosotros, eso significó la generación de la nueva trova.

Hay quien distingue a medias la cubanidad, y esto pasa fuera y dentro de la isla. Creo que resultaría demasiado largo explorar aquí las razones, pero rápidamente te diría que fuera de Cuba se debe a una falta de continuidad informativa, a una carencia de interiorización que es perfectamente entendible. En Cuba sucede más o menos por lo mismo, aunque dentro de nuestras fronteras esas discrepancias comprometen cuestiones más sutiles, a veces anecdóticas. En ambos casos podría decirse que es por partir de un esquema rígido, cristalizado de lo que es la sensibilidad de un pueblo ecléctico como el nuestro.

Por último te diré que buena parte de aquellos boleros, sones y canciones que afortunadamente todavía le escucho a mi madre y que conforman mi esencia musical justamente son de Matamoros, de Benny y de otros como Sindo Garay, Corona, María Teresa Vera y muchos más…

Sabemos que usted tiene una relación muy bella con la música brasileña. ¿Qué elementos comunes cree que existen entre, por ejemplo, el movimiento “Tropicalia” con Caetano Veloso y Gilberto Gil, entre otros, con la Nueva Trova?

El tropicalismo y la nueva trova surgieron más o menos por los mismos años, de realidades sociales diferentes pero con historias y necesidades parecidas. Éramos jóvenes trovadores, ellos en Salvador de Bahía y nosotros en La Habana, hijos de generaciones de trovadores. Sus raíces eran Dorival Caymi y el Bossa Nova; las nuestras Sindo Garay y el feeling. Las influencias, si se pudieran sintetizar, eran idénticas: la música pop, Los Beatles, Pueblos mestizos ambos, como Brasil y Cuba, y también pueblos tropicales: Ellos Capricornio y nosotros Cáncer.

El tropicalismo no fue sólo un movimiento de canción, como tampoco lo fue la Nueva Trova. Alrededor había poetas, intelectuales, políticos, toda una generación en ambos casos. Recuerdo que la primera persona que me habló de Tropicalia fue Glauber Rocha. La primera canción que escuché y vi interpretar fue “Carcará”, por una María Bhetania joven y descalza, en una película del Novo Cine Brasileño. Luego las referencias de lo que sucedía en Brasil se fueron ampliando, sobre todo a partir de un viaje de Alfredo Guevara a Río, de donde trajo fotos de Caetano al frente de una manifestación estudiantil. El día que habló de aquello fue una conferencia que hacía para los cineastas. Yo era invitado, y Leo Brouwer también. Al terminar nos pidió que nos quedáramos un rato, y entonces nos planteó crear un taller de música para el cine cubano. De aquella proposición surgió el Grupo de Experimentación Sonora, que supuso, según dicen algunos, un viraje dentro de la música cubana. Dos años después aquel grupo estaba haciendo un concierto de identidad llamado “Brasil-Cuba”, con canciones del tropicalismo y de Chico Buarque de Hollanda, además de con canciones de la nueva trova.

Algunos críticos piensan que J. L. Guerra es un discípulo aventajado de usted. ¿Nunca se ha planteado seriamente hacer música para bailar sin perder la lírica tan personal que posee?

Juan Luis es un talento asombroso y un hombre de gran ternura. No le da tiempo a los críticos a sacar cuentas. El mismo se encarga siempre de identificar sus referencias, con modestia y generosidad. ¿Qué más quisiera yo que poder hacer bailar a la gente, que continuar experiencias como la de Afrocuba, cuando hacíamos saltar por los aires a decenas de miles? Para mí era divertido, y aleccionador, ver que no sólo los podíamos hacer cantar. A propósito de esto, hace muchos años, tuve una conversación con Juan Formell, líder de los Van-Van, acerca de lo bailable que eran algunas canciones de la trova, adecuadamente orquestadas, y de los “cantables” que eran algunas canciones denominadas escuetamente “bailables”. De aquello salió un trabajo conjunto de tres o cuatro números. A mí se me quedó el bichito dentro y compuse una cosa que se llama “Cántalo pero báilalo”, que Adalberto y su Son montaron para un festival de Varadero y me hicieron cantar con ellos… y bailar también.

A mí me parece que todo depende de cómo se orqueste la música, en función de qué. Hace un año NG La Banda hizo una versión perfectamente bailable de Te doy una canción. En 1970, cuando los célebres carnavales habaneros, una comparsa popular montó en tiempo de conga callejera Canción del Elegido. A partir de entonces entre el pueblo cubano, cuando le preguntaban: “¿Cómo andas?”, se hizo habitual responder: “Aquí, matando canallas”.

El maestro Carlos Puebla decía que en el capitalismo él cantaba para vivir y que tras la revolución vivía para cantar. ¿Qué opina sobre esta afirmación?

Que si mi querido y admirado Carlos Puebla afortunadamente viviera todavía, tendría que intentar reaprender lo de antes.

Hablando de la revolución, alguien dijo que las canciones no hacen la revolución pero la revolución se hará cantando. ¿Cuál es la revolución pendiente que le queda a Silvio?

No sé qué decirte. Para mí ahora la Revolución es terminar los estudios, que son muy necesarios. Esto no es fácil en medio de tantas dificultades económicas, pero tampoco es imposible. Para mí ahora la Revolución significa demostrar que, aunque la utopía ande maltrecha, la oferta y la demanda no tiene que significar el destierro de lo humano y de lo solidario.

Desde el último año han pasado cosas en Cuba que todos conocemos. Usted contagia cierta esperanza en su obra cuando habla de Cuba. ¿Piensa que el mundo occidental tiene derecho a opinar y aconsejar cuando la información aparece manipulada?

El proyecto cubano es algo que este momento hasta cierto punto se indefine, porque estamos en un proceso de transición. Si te dijera hacia donde vamos, o mejor hasta dónde, sería Zaratustra. La verdad es que hay cambios que nos son dolorosos, como lo de eliminar algunas gratuidades que debieran ser de todos los Estados. Sin embargo, hubo cosas de ese tipo que nos hicieron mucho daño. Los de aquí nos acostumbramos a vivir de un Estado-Papá que nos daba la papilla y nos limpiaba la boquita. Esto es grato, indudablemente; los seres humanos aspiramos a que alguien se ocupe de nosotros, nos comprenda, nos atienda. Lo fastidioso resulta cuando crecemos, nos ponemos sostenes o pantalones largos y hay que seguir pidiendo permiso para todo. Ahora empezamos a reaprender lo que cuesta ganarse la papilla, ya no sólo en términos humanos sino políticos. No creo que sea malo del todo, aunque comprende frustraciones. Siempre pensé que la dependencia exagerada del ciudadano al Estado le impedía calibrarse, lo acomodaba. Ahora tenemos la oportunidad de probarnos. Lo que hace falta es que acabemos de echar abajo el bloqueo, para tener una dimensión lo más objetiva posible de nosotros mismos.

Respecto a la opinión de los demás, ya es inevitable: se ha creado sobre Cuba una concentración de ojos y ánimos demasiado tensa, y gracias a eso todo tiende a superlativizarse. No se me escapa que ha habido un montaje que es obra de los enemigos viscerales de la Revolución, aunque esto no quita que haya criterios más mesurados y comprensivos, como también los hay.

En la 2da. Edición cubana de su primer álbum. Días y Flores, escribió un texto dedicado a su hija Violeta en donde decía “que la canción no se hizo para la escena y el libro no es el pretexto de la poesía. ¿Quiere explicar más esto?

Quería refutar la opinión de que un libro se hace porque se pueda publicar o que se hacen canciones porque puedan cantarse. Quería decir que la necesidad de intentar la creación está por encima de la posibilidad de exponerla.

Su poesía es pura y luminosa. ¿Qué poetas le interesan en estos momentos?

Leo aleatoriamente. Creo que más o menos nos pasa a todos.

Tengo poetas a los que siempre vuelvo, mis clásicos personales que no te cuento para no hacer un inventario. Últimamente he leído dos libros de poesía que me han tocado especialmente. Uno de Luis Rogelio Nogueras, poeta de mi generación que murió —¿cómo puedo decir que murió?—. Son poemas inéditos perfectamente editables, cosas que dejó por ahí y ahora se consigue publicar. El otro libro se debe a Malcolm de Chazal, un escritor de mundo propio. Me parece una suerte de manifestación de “lo real maravilloso” de la isla Mauricio, que como quienes lo descubrieron fueron Bretón y compañía, nadie fue capaz de catalogarlo de otra manera sino como apéndice del surrealismo. Pero Chazal va más allá. Aunque quizá tampoco tan lejos como él mismo creía.

¿Qué significó para usted la generación poética de El Caimán Barbudo en su peripecia intelectual?

Ah, sobre todo amigos, compañeros, gente que quiero, —a algunos a pesar de los mares, a otros a pesar de las sombras—. Gente con y de quienes aprendí, gente entrañable. Mi primer concierto lo hice entre ellos, y también algunos de mis primeros combates.

No sabemos si usted tiene mitos, lo que sí nos consta es que usted, seguramente a su pesar, es un mito para miles de personas en todo el mundo ¿Qué le parece esta situación?

No me creo mito. Sería un destino adverso para quien ha intentado, entre otras cosas, ser desmitificador –qué curioso, con lo míticos que somos los cubanos, ¿no?—. No creo envidiable un destino de mito, ni aún cuando en algunos casos es un atributo que convoya eso que llaman éxito. Y sino que lo diga la pobre Santa Bárbara, que sólo la recuerdan cuando truena.

Sabemos que tiene dos proyectos en camino: el estudio de grabación en Cuba y el sello discográfico Ojalá. Cuéntenos algo sobre eso.

Los estudios de grabación son una necesidad para un país que produce tanta y tan buena música, como Cuba. Resulta curioso que hayamos llegado a ser una potencia médica, una potencia deportiva y algunas otras más, y que siendo –como hemos sido siempre— una incuestionable potencia musical, no hayamos construido estudios de grabación. Por otra parte grabar fuera es muy caro. Los estudios, además de ser una primera necesidad de nuestra cultura, representan ahorro y recursos.

El sello Ojalá es la consecuencia lógica de la editora, que tiene el mismo nombre. Por ahora se ocupa de mi música –que durante mucho ha estado a merced de la arbitrariedad— y de la música de unos pocos autores cubanos. Es una forma de ser parte, de contribuir con el complejo de instancias que se proyectan en beneficio de la cultura de nuestro pueblo.

¿El cine y la fotografía son dos pasiones que le roban menos tiempo del que usted desearía?

Voy a morir sin hacer cine –como director quiero decir, porque fui durante siete años un trabajador del cine y sigo colaborando--. Para dirigir se requiere haber empezado más temprano. No se trata de tener deseos y algún amigo loco que te preste dinero. El cine requiere tiempo, experiencias, maduración, constancia. No es un week-end.

Como no lo es cualquier cosa que trates de hacer en serio.

Respecto a la fotografía no creo que pase de ser un diletante, aunque es un medio que permite avanzar con más facilidad que el cine, aún cuando uno no le pueda dedicar todo el tiempo.

A veces he conseguido fotos que me gustan, pero eso nos ha pasado a todos los que hemos tenido una cámara en la mano. Nada especial.

Usted no es una “estrella del pop” como se entiende habitualmente, pero usted no está tan lejos del pop como muchos creen –en 1991 David Byrne editó un disco con sus canciones preferidas, Canciones Urgentes y muchos jóvenes españoles comparten el gusto por grupos como R.E.M. y Silvio-. ¿Cuál es el lado “pop” de Silvio Rodríguez?

Yo creo que aunque soy trovador, en cierto sentido también soy un músico pop. Pop es un diminutivo de popular y yo me siento un cantor popular, la gente me lo ha demostrado.

¿Qué le dicen términos como “Woodstock”, “Generación X” o “Realidad Virtual”?

No sé si te refieres al origen de esas expresiones o a grupos actuales, que suelen llamarse de todas las formas posibles. Lo de “Generación X” no sé de qué va, aunque pudiera hacer una interpretación estrafalaria inspirado en Nakamura. “Realidad Virtual” no es más que otra realidad en la que se experimenta desde hace ya algún tiempo y de la que tenemos muestras en muchos juegos de computación. “Woodstock”, para mí, al margen de otra cosa que pueda ser hoy día, es el paradigma de los grandes conciertos de rock de todos los tiempos.

Y para finalizar, con casi cincuenta años, ¿qué se ha dejado en el camino de la vida?

Me parece que bastante más que lo que se ha tomado. Y ojo, que sólo voy a cumplir 48.

Desnuda y con sombrilla es la canción que está sonando en las emisoras de radio. ¿Es algo más que una canción de amor?

Es curioso, en Cuba también suena. Puede que sea la más “sonable” según criterios comerciales, aunque quizá no sea la mejor canción de Rodríguez. Quizá sí la más divertida, junto con la de la hormiguita. Yo prefiero La Vida, o Casiopea o Debo o Del Sueño a la Poesía.

En fin, para gustos se han hecho canciones.