Entrevistas


Silvio en Chile

Entrevistó: Orlando Castellanos, revista Revolución y Cultura, Cuba.
Agosto del 1990

Quisiera que contaras a los lectores de Revolución y Cultura cómo fue tu contacto con el pueblo chileno luego de esa larga espera.

Sí fue una larga espera de ellos y larga para mí también, de todos nosotros.

El contacto fue formidable, por encima de cualquier pronóstico, incluso hasta de la prensa. Teníamos noticias de la expectativa que había por la visita nuestra.

La primera gran sorpresa fue encontrarnos a un grupo numeroso de personas esperándonos a las tres de la mañana.

En el aeropuerto de Pudahuel recibí la primera impresión fuerte que se unió a otra; también allí recibí el primer latigazo. Me estaba esperando entre todo ese público, Isabel

Parra, sus hijos y otros amigos, y recordé que la primera vez que estuve en Chile, en el año 72, estaban Isabel y Víctor Jara.

Ahora cuando abracé a Isabel, miré entre la gente y comprendí que estaba esperando encontrar el rostro de Víctor entre ellos. Por eso te digo que fue el primer latigazo.

SILVIO
TE QUEREMOS

Otra impresión tremenda que tuve, fue cuando vi un cartel en la carretera del aeropuerto a Santiago, un cartel de más de cinco metros de largo, colocado en un muro y que decía: “¡SILVIO, TE QUEREMOS COÑOOO!”

Así decían el primero y el último mensaje del pueblo anónimo de Chile.

Los días en Santiago fueron muy intensos, con un acelerado ritmo de trabajo. Ensayos, entrevistas y otras actividades muy variadas. Casi no había tiempo para pensar.

En realidad he pensado más acerca de la visita después que regresé a Cuba, porque allá era un torbellino.

Al día siguiente de la llegada, visité el Estadio Nacional. Fue impresionante ver sus proporciones estando vacío; saber, además, que estaba totalmente vendido y tratar de imaginármelo lleno, te digo que produjo una sensación escalofriante.

Me contaron que te reconocían en la calle y se aglomeraba la gente a tu alrededor.

Todavía me resulta increíble. Muchas veces íbamos en auto y desde las micros (allá le dicen micros a las guaguas y guaguas a los niños), nos identificaban y saludaban. Personas que se movían en otros vehículos nos preguntaban para qué lugar íbamos.

Donde quiera que nos bajábamos, en cualquier esquina, inmediatamente se formaba un tumulto.

Esto significó una presión tremenda, porque después de tantos años, llegar ahora y que suceda algo así impresionante y, sobre todo, teniendo en cuenta que en aquella primera visita pasamos prácticamente inadvertidos.

¡Cuántas muestras de afecto recibimos, cuántas cartas y llamadas!

Cientos y cientos de personas que se nos acercaron para saludarnos.

Es emocionante saber que el trabajo que uno hace, significa algo para tantos que no conoces y a quienes estás acompañando muchas veces en las cosas que hacen.

Pensar en eso es realmente de una dimensión muy extraña para mí.

¿Cómo es que se produce tu visita al Palacio de la Moneda?

Al día siguiente del concierto en Santiago de Chile, asistí a un almuerzo, al que fui invitado, con un numeroso grupo de artistas, gente del teatro, la música, de todas las esferas de la cultura, y la prensa.

En este almuerzo participaron algunos representantes del gobierno, entre ellos el ministro de Cultura y el ministro de Gobierno Enrique Correa, quien me invitó a visitar el Palacio de la Moneda y nos recibió al otro día.

Una atención que quiso tener el nuevo gobierno chileno con nosotros, un gesto de amistad que apreciamos justamente. La visita fue muy emotiva.

Todo lo que iba ocurriendo lo mezclaba con el pasado. Recordaba la anterior cuando fui a ver al Presidente Salvador Allende, quien recibió a la delegación cubana en un pequeño salón. Resultó tremendo para mí volver a entrar en La Moneda.

LA GUITARRA APARECIÓ

La visita que hiciste a los presos políticos, ¿cómo se propició?

La señora Estela Ortiz, viuda de uno de los degollados –aquel horrible caso que conmocionó a la opinión pública mundial– se nos acercó para proponernos una visita a los presos políticos.

Otros familiares de presos nos habían insinuado una visita a la prisión y dije que estaba dispuesto a hacerla siempre que se tramitara legalmente, dentro de los cauces normales.

Luego, en la entrevista que tuve con el ministro Correa en el Palacio de la Moneda, él me comunicó de una petición de un grupo de familiares de presos políticos le había formulado para que yo visitara una prisión chilena. Me dijo que estaba autorizada por el gobierno y que iríamos cuando no hubiera visita de familiares.Y al día siguiente de esta conversación se produjo el encuentro con los presos políticos chilenos.

¿Esto llegó al conocimiento del pueblo de Santiago?

La gente se enteró porque yo lo dije en la conferencia de prensa, al salir de La Moneda. Pero no sé cómo supieron cuál sería la cárcel que visitaríamos.
Cuando llegamos, nos esperaban en el exterior de la prisión familiares de los presos, la prensa y muchas personas. Fue difícil entrar y salir de la cárcel por la cantidad de público.

¿Cómo se desarrolló este encuentro?

Nos recibieron las autoridades de la prisión y nos expusieron que, aunque nosotros no íbamos a verlos a ellos, de todas maneras nos agradecían la visita a su institución.

Un gesto que también apreciamos.

El encuentro con los presos fue muy emotivo. Cuando nos vieron llegar comenzaron a gritar a coro: “Fidel, qué tiene Fidel que los imperialistas no pueden con él.”

Hubo, además, consignas a favor de la Revolución Cubana y de solidaridad de Chile con Cuba.

La prisión que visitamos es la misma de donde se fugó un grupo de presos políticos unos días antes del cambio de poderes. Es una prisión muy vieja, de condiciones precarias. Tiene un patio pequeño con una zona muy estrecha para tomar el sol. Me imagino que los rayos del Sol penetren allí muy pocos minutos al día. En ese patio montaron una tarima muy modesta, y desde ella nos dieron la bienvenida los representantes de cada organización política de los presos.

Canté dos canciones acompañándome por una guitarra construida por ellos; luego, nos entregaron algunos objetos de artesanía.

¿Solicitaron ellos las canciones por sus títulos?

Yo ni siquiera esperaba cantar. Me habían pedido que la visita fuera breve, que tuviera casi un carácter simbólico. Ese era también mi propósito, pero las mismas autoridades de la prisión, antes de pasar a ver a los presos, nos dijeron que íbamos a tener que cantar de todas formas, que la guitarra aparecería y, al ver que no existía ningún problema, canté un par de canciones.

¿Cuáles fueron?

Pequeña serenata diurna e Historia de las sillas. La primera es una canción de reafirmación de los valores sociales y humanos; y la segunda, contra el estatismo, el acomodamiento. Las dos son muy viejas.

Estuve con los presos políticos chilenos una hora y cuarto aproximadamente; la experiencia es inolvidable.

ROMPER UN MITO

La inmensa mayoría de aquella muchedumbre que llenó el Estadio Nacional en Santiago de Chile para verte actuar –calculada en más de ochenta mil personas– eran jóvenes.

Es el público joven que estos años conoció la música nuestra por medio de cassettes. Había un poco de mitología en todo eso.

Hay un artículo de un periodista que lo enfocó desde nuestra llegada así y, al final, hizo un resumen desde ese mismo enfoque, muy positivo por cierto, muy inteligente.

Él decía que yo había ido a Chile a romper un mito. Lo planteó así y, luego de la actuación, dijo que el mito se había roto lo menos dolorosamente posible, tanto para el público como para mí. Realmente fue un enfoque muy bonito, y es cierto que rompí un mito, pues la gente te ve como una persona normal, que conversa y canta como cualquiera.

Por la situación de aislamiento se produjeron especulaciones. Cuando se empezaron a cantar mis canciones en Chile –el primero fue un cantor popular llamado Florcita Motuda– tuvo que ponerla como de “J. Rodríguez”. No se podía hablar del autor de la canción Ojalá. Este cantor es muy querido en Chile, muy simpático y cariñoso.

Después cuando Gloria Simonetti canta Ojalá en el Festival de Viña del Mar, se dice mi nombre y entonces se empezó a especular en la radio (la canción empieza a hacerse popular) que el autor era Silvio Rodríguez, pero no el cubano, sino de otro país.

Luego que sí, que era cubano, pero que no vivía en Cuba, sino en Miami; y después que vivía en España.

Finalmente, me dieron por muerto y me resucitaron. Se creó todo un mito, es una cosa muy simpática. Se anunció mi visita en varias oportunidades y, naturalmente, no aparecía porque nadie había hablado conmigo.

Yo estoy de acuerdo con que se rompió el mito, lo menos dolorosamente posible. Yo quedé muy satisfecho y, según las noticias que tengo, la gente también quedó complacida.

La transmisión diferida del concierto por la televisión chilena fue vista por millones de personas.

Lo supe por un cable de AFP. Dice que esa noche prácticamente todo el que tenía un televisor en Chile estaba viendo el programa y es que en muchos lugares del país nos esperaban, pero no fue posible hacer otras actuaciones.

¿Hay perspectivas de una futura actuación en Chile?

Pienso que sí. El ministro de Cultura y el ministro señor Correa hablaron conmigo para una próxima visita, respaldada por algunas organizaciones estatales con el objetivo de hacer conciertos al aire libre sin cobrarlos, cosa que me agrada mucho y que hubiera hecho en esta ocasión, pero no se pudo.

UNA TAREA ÉPICA

Esta fue tu primera actuación con el grupo Irakere. La gente se acostumbró a tus presentaciones y grabaciones con Afrocuba y se pensaba que Afrocuba era el grupo de Silvio ¿qué pasó?

Cuando hace poco más de cinco años Afrocuba y yo anunciamos que íbamos a unirnos para hacer algunos conciertos, sucedió un poco lo mismo que ahora con Irakere, muy pocos creían que iba a dar resultado.

Era insólito que un grupo de esa impronta, de esa “pegada”, acoplara con un trovador de característica intimista, como se ha solido llamar… encasillar.

El trovador canta desde un ámbito más bien íntimo con una guitarra y por eso pensaban que el trabajo conjunto de Afrocuba y mío iba a ser un fracaso. La experiencia se fue abriendo paso de una forma casi definitiva, tan definitiva que ahora no se concibe verme sin Afrocuba.

En los últimos tiempos, Afrocuba ha tenido ajustes de personal, eso por una parte y por otra, veo que este grupo de jóvenes, muy jóvenes todos y muy talentosos, necesita hacer su propio trabajo y por momentos llegué a sentir –no por alguna manifestación de ellos— que yo estaba frenando un poco su desarrollo, el desarrollo de la música de Oriente López, que es un talento, que estos avatares, en los “corre-corre”, prácticamente no tenía tiempo de ocuparse de lo propio.

Habíamos acordado desde el año pasado parar por un tiempo, entre otras cosas porque yo había pedido estos seis primeros meses del año para dedicarme a un trabajo con el grupo Retazos.

Se trata de una pequeña suite que quiero escribir para danza. Ellos ya estaban haciendo su propio trabajo cuando surge la posibilidad cierta de visitar Chile y entonces era pedirles una vez más que abandonaran lo suyo para acompañarme y realmente me costaba trabajo.

Años atrás, había surgido la idea entre Chucho Valdés y yo de hacer algo conjuntamente. Recientemente, volvimos a hablar de tema. Chucho tenía algo adelantado. Al confirmarse la actuación en Chile, lo que hice fue planteárselo a Chucho y anticipar este trabajo que íbamos a hacer un poco más adelante y “mandarnos a correr”.

Montamos en mes y medio este concierto, realmente una tarea épica, no la puedo calificar de otra manera, sobre todo por el esfuerzo que requirió del Grupo Irakere, de Chucho, de Oscarito Valdés, Maracas, Diego, además de los músicos.

Estuvimos trabajando mañana, tarde y noche, sábados y domingos por espacio de mes y medio, prácticamente dos meses.

Es insólito que en ese tiempo se logre una cosa así. Solamente con músicos de esa talla y actitud tan abnegada. Únicamente uniendo talento y abnegación se podía concebir este trabajo.

¿Cómo te sientes mejor, ante una multitud como las que has tenido en actuaciones tuyas en Chile, España, Argentina, México, en La Habana, con cincuenta, ochenta mil personas o cuando estás en una sala pequeña o en un teatro normal?

A veces me siento mejor ante la multitud. Generalmente cuando me presento ante tanta gente siempre es con un grupo y se reparte el peso, además la gente está más lejos también.

En una sala, con la guitarra la responsabilidad es enorme, todo el mundo está muy cerca, hay más concentración, uno tiene que concentrarse más, hay más tensión y todo está en tus manos.